miércoles, 28 de septiembre de 2016

Como contesta la hierba.
Como salta un insecto al vacío de los días.
No alcancé ese pez del cielo.
No viví sin morir.
No le acerté a nada más que a la vida.

Jamás me he podido amar sin irme.




martes, 12 de julio de 2016

Nunca se vuelve a ser el mismo cuando se retorna del dolor, cuando se ha cruzado un tupido bosque para comprender la más superficial de las heridas, cuando un río ha salido desbordado como la cabalgata de mil pájaros obligados al vuelo por un incendio hambriento. Cuando la arena ha levantado una tormenta tan sedienta de caos que casi se ha convertido en una tromba que quisiese histérica arrastrar al cielo, cuando el mar pareciera agitarse para hundir las velas, los faros y los gritos de los miserables, cuando la lluvia rasguña la puerta con sus patas de perro. Nunca se vuelve a ser el mismo. Como un camino jamás podría después de un derrumbe.

Vuela, 2016 (todos los derechos reservados) 


miércoles, 8 de abril de 2015






Malú Urriola, Traducción de Anna Deeny

jueves, 21 de noviembre de 2013

Recuerdos de la que una vez fui

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Al poeta argentino Carlos Dariel, que me hizo recordar.



La primera infancia la pasé en el Barrio de Recoleta, en Santiago. Un barrio de clase trabajadora. El patio de mi casa daba al cementerio Católico. Un cementerio gótico y oscurecido por grandes y añosos pinos de extensas y húmedas sombras. Pensaba en la muerte cuando me escabullía de mi casa al cementerio. Caminaba y me detenía leyendo las lápidas, los años de nacimiento y defunción, las vidas probables que una vez pudieron haber tenido los restos que reposaban allí y donde ahora sólo hay silencio.

No me di cuenta que me había enamorado de los cementerios hasta que regresé en mi adolescencia. De mi casa al colegio sólo bastaba cruzar el cementerio que los unía como un parque de muertos. Visité las tumbas míticas: de la novia embalsamada a la que nunca nadie ha visto, pero todos juran haber vislumbrado a través de un cristal, toda blanquecina, joven y bella aún. Esos eran los crudos años de la dictadura y las protestas estudiantiles siempre acaban en el cementerio.

Nací en Recoleta, un barrio como un pueblo, con un cine donde vi películas para mayores de 18 años, la ferretería más surtida, el salón de Pool del Tío Danilo, el zapatero, el sastre, la cordonería. En mi infancia mi madre militaba en el partido socialista. Yo, tenía 6 años y la acompañaba a las colas de un país “desabastecido”, pero mi madre iba feliz. Allende era su presidente.

En mi casa se juntaban a veces, mi madre con el carabinero jefe de la comisaria y mi viejo pascuero. Mi viejo pascuero me decía que él trabajaba con mi madre, por eso el venía sin traje pascuero para que los demás niños del barrio no se enteraran de estas visitas inoficiales.  

Nancy una joven bella y setentera, de suecos y pantalones pata de elefantes ayudaba a mi madre en la casa con -nosotros- sus cuatro hijos y el negocio de estacionamientos de autos que mi madre había instalado en el patio. 

Cuando mi madre la mandaba a comprar, iba conmigo,  nos deteníamos en la comisaría para que Nancy conversara, sonriera y se besara con un joven carabinero de guardia.  El me regaló un pastor alemán entrenado. Desde entonces no volví a andar sola. Salía con mi perro y mis lentes sin vidrios a recorrer el barrio. El perro sabía cruzar la calle mejor que nadie y a su lado, las mujeres y hombres del barrio dejaron de molestarme por mis lentes sin vidrios.

En esa época yo quería usar lentes pero el oculista dijo que tenía una vista perfecta. Y para que dejara de insistir, mi madre me regaló unos marcos sin vidrios.

Mi padre era eléctrico en la Estación Mapocho de trenes. Yo lo acompañaba para deslizarme por un lustroso desnivel y subir a los trenes y recorrerlos vacíos y detenidos sin la premura del viaje.  También era eléctrico en el Cerro Blanco donde yo jugaba a los indios con  los trabajadores. Mi viejo pascuero me había regalado un traje de indio con arco y flechas de plástico.  Mi padre de manera simbólica, un cerro donde podía lanzar mis flechas al cielo. Poco tiempo después vino el golpe militar.

El carabinero jefe de la comisaria fue sacado por otros carabineros. Mi viejo pascuero, ingenuo como solo puede serlo un viejo pascuero, creyó que el llamado a los ex militantes de izquierda que hacía la junta militar en sus bandos, era para dialogar una salida pacífica. Así es que golpeó las metálicas puertas del Estadio Nacional, hasta que le abrieron. Adentro -dice mi madre- fue torturado.

Una de esas noches de toque de queda, mi perro vio pasar unos jóvenes militares armados en un camión y al ver las armas, se arrojó a atacarlos. Estaba entrenado para defender y murió de un solo tiro en mitad de la calle Doctor Ostornol.

Nunca más volví a tener un perro, nunca más me gustaron los militares.  Y al contrario de la mayoría,  no dejé de creer en el viejo pascuero.  Todavía espero poder encontrármelo en las navidades y agradecerle que no me regalara muñecas, sino trajes de indio. 


martes, 4 de septiembre de 2012

del libro Nada, Lom Ediciones 2004













Cuando se seca el río, apenas queda un largo brazo hendido de piedras y musgo. 

Algo parecido al vacío necesario para que las palabras se acumulen y luego se 

marchen.

El agua corre contra las piedras, arrastrando a las más pequeñas. 

La roca en cambio ha quedado en mitad del río. 

En ella se golpean las aguas y crece el musgo y otras piedrecillas se adhieren. 

Capa a capa de piedra se fue enancando para sentir el calor del sol. Aparte del 

calor del sol y el frío del agua no siente nada. El corazón de la roca tiene la forma

de la roca. Tal cual la roca se ha formado, se ha formado el corazón. 

Podría decirse que ninguna parte de la roca se desprende de su corazón. 

La roca en sí misma es su propio corazón. 

El corazón de la roca es sordo y todo le rebota. 

Cada vez que la roca ha querido dejar de ser roca, el río la ahoga o abandona. 

El río no siente lo que siente la roca. No podría sentirlo. 

Se está marchando constantemente. 

La roca sin embargo se queda. 

Aunque se secase el caudal completamente. 

Aún cuando despertase en mitad del desierto. 

Nada, Lom ediciones

lunes, 6 de junio de 2011

sábado, 11 de diciembre de 2010

La Luz que me ciega de Paz Errázuriz y Malú Urriola





Paz Errázuriz-Malú Urriola

Inauguración jueves 16 de diciembre 2010
Museo de Arte Contemporaneo MAC
Parque Forestal S/N
Metro Bellas Artes

En La luz que me ciega convergen varias artes: La fotografía, el video documental, el video arte digital, la música y la escritura poética que reflexiona y cuestiona el tema de la mirada, sus alteraciones, su eventual pérdida en el marco de una sociedad bombardeada por la imagen como espectáculo. Los dispositivos plásticos y la poesía se integran, para articular una obra multidisciplinar que mezcla y tensa críticamente lo local ...con lo global desde una reflexión a dos voces sobre el sentido y el sinsentido del ver en la sociedad contemporánea.

El trabajo se fundamenta en personas que sufren de acromatopsia, que consiste en ver en blanco y negro, y para quienes el concepto de gris no sólo no existe, sino que es tan irreal como el resto de los colores. “Este trabajo no pretende ser un ejemplo de cómo personas con ciertas características no normales de visión pueden interactuar en circunstancias adversas y diversas. Por el contrario, nos preguntamos si ver en blanco negro será necesariamente una anomalía, una enfermedad sin cura, o es tan sólo otra forma de ver”, reflexionan las autoras.

El video cuenta con la colaboración de Carolina Tironi, quien además, diseñó el libro Catálogo.

La música de la muestra fotográfica fue compuesta por Michele Espinosa.

Esta muestra se inaugura en el MAC el 16 de diembre del 2010 a las 19:30 hrs.

Sólo en este evento el libro catálogo tendrá un costo de $ 5.000

martes, 14 de septiembre de 2010

Cuentos para escuchar: Kawabata por Malú Urriola



Esta vez, novedades en los cuentos para escuchar: la poeta chilena Malú Urriola quiso leer un fragmento de una novela y acá estamos, con el comienzo de "Lo bello y lo triste", del Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata.

Kawabata nacio en Osaka en 1899. A los tres años quedó huérfano: la soledad seríaa una marca en su vida. Esto se vería en su obra, que incluye títulos como "País de nieve" (1948), "El clamor de la montaña" (entre 1949 y 1954) y "Bellas adormecidas" (1961). Decía que su obra buscaba la armonía entre la humanidad, la naturaleza y el vacío. En 1968 ganó el Premio Nobel de Literatura y en 1972 se suicidó.

Publicada en 1965, "Lo bello y lo triste" es su última novela.

La lectora, Malú Urriola, nació en Santiago de Chile en 1967. En 1994 se destacó por su libro "Dame tu sucio amor" y en 1998 apareció "Hija de perra". En 2003 salió "Nada" y en 2007, "Bracea". Con su poesía contundente y a la vez íntima ganó en 2004 el Premio Municipal de Poesia, en 2006 el Premio Pablo Neruda y en 2009, la Beca Guggenheim.

Lo grabó hace unos meses, durante una visita a Buenos Aires.

Acá está:




Malukawabata by Kolesnicova

viernes, 16 de julio de 2010

Noesamor by Kolesnicova

Noesamor by Kolesnicova

de Bracea








No hay estrellas.

No.

No hay.

Yo quería que hubiese para prenderme y apagarme.

Pero esta noche, no.

No hay.

Ni una sola.

Ni una.

Se ha forrando de nubes el cielo.

Se revuelcan, abrazan, besan, funden, animalmente las nubes.

Y detrás vienen más, y más, hasta que forman un mar gris.

Cuando las nubes están grises, agrisan el mar. También el pueblo.

La vida me escucha mejor que cualquiera.

Si le pido que se nuble, se nubla.



Un millón de amigos: Cuentos para escuchar: Kawabata por Malú Urriola

Un millón de amigos: Cuentos para escuchar: Kawabata por Malú Urriola

martes, 29 de diciembre de 2009

Poesia es +, volante

jueves, 27 de noviembre de 2008

Bracea, Editorial LOM 2007

J.P. Junior






J unior se inventó el J. P. antes del Junior.
Lo sé porque dejo pasar unos meses y le vuelvo a preguntar y me dice que se llama Juan Pedro, otras, Josef Paul, o Jeremías Prudencio… J. P. dice cualquier cosa.

J. P. tiene piernas sólo hasta las rodillas. Luego lo sostienen unos maderos sin músculos, ni carnes. Ya casi no puede moverse. Por eso se pasa la mayor parte del día sentado contándonos historias, cosas que tal vez ocurrieron pero que la memoria siempre deforma.

Cuando nosotras no lo miramos, él saca unos bastones de debajo de la mesa que tiene a su lado, cubierta con un fino mantel que nuestra madre le bordó. Nosotras sabemos que cuando J. P. quiere levantarse debemos mirar al techo, o hacia el lado, lo suficiente como para dejarlo sacar sus bastones e incorporarse con la dignidad de no ser observado en su ruina ávida de equilibrio.

J. P. no pudo jamás sobreponerse a la desgracia de haber perdido sus piernas.

El decía que las había olvidado en alguna parte. Que una mañana al levantarse, llegó hasta el baño, se cepilló los dientes y al mirarse la cara al espejo como todas las otras mañanas -esa bienvenida a la realidad de verse una arruga más, que constata la sobre vivencia de los días recientes y de esos ya tan alejados y poco probables-. Estaba meditando estas cuestiones matutinas cuando se dio cuenta que no tenía las piernas.

Así se pierden las cosas, nos dijo.
Un día, de pronto, ya no están.

martes, 21 de octubre de 2008

NADA, Ed. Lom 2003



Los días fueron brotando hasta convertirse en un ancho mar

NADA, Ed. Lom 2003



This is the genius of poetry
Un gran pez no muerde el anzuelo
Ni se calcina mirando al sol

Hija de perra. Ed. Cuarto Propio 1998



Afuera daba vueltas un farol rojo y el letrero se caía a pedazos como de boite de mala muerte, como si fuésemos a estrellarnos contra la muerte, el hombre sacó una pequeña llave. Ladraban los perros, y el hombre nos condujo hasta un cuartucho que no volveríamos a ver, encendimos la TV y unos porros, luego me fumé un cigarro detrás de otro, uno detrás de otro y te contemplé hablar y hablamos del cuartucho, de la cojera del hombre, nuestra propia cojera, de la noche que corría con una prisa extraña, las nubes pasaban rápidas, azulosas, violáceas, como golpes de la vida, como si nos fuésemos a golpear contra la vida, el hombre trajo dos cafés que se enfriaron sobre el velador, en un rincón del cuarto quedaban los restos de una fiesta que otros dejaron, qué ganas de tomarme un trago, te dije, tú te acercaste lentamente, al contrario de las nubes, al contrario de la noche que corría aprisa, al contrario de los perros que no dejaban de ladrar, de vez en cuando se callaban, y se callaban hasta que las luces de un automóvil se estrellaba contra los vidrios y encendía el cuartucho que dejaba ver tu cuerpo y luego venían las sombras que te cubrían, lejos de casa, tan lejos de casa y en la radio con las pilas medio muertas la Janis cantaba bye, bye, baby.

Hija de perra. Ed. Cuarto Propio 1998



Pasé el sábado tumbada, fumando y leyendo, otra vez perdiendo el tiempo, tú sabes que el tedio me hace leer mucho y perder mucho el tiempo, me quedé pegada mirando al techo como una idiota, trivializada como una idiota, porque sólo una idiota puede espantar esta pena, no quería oírte, no quiero escucharte... me hace bien quedarme sorda, me hace mal, me saco el brazo para calmarme, lo tiro sobre la cama y me calmo, no sabes cómo me calmo, porque sin este brazo no soy nadie, nadie, sin este brazo soy la pobre inútil que quisieras ver, sé que desearías verme sin este brazo, sería tu triunfo que me quedara muda y no te hablara, y es que no te hablo, leí La amortajada sola, solita, amortajadita... entonces no tenía esta boca, esta herida tuya sobre el lomo que no se cierra... entonces no escribía ni era como si lo hiciese, sorda era sorda y no hablaba de nada y no tenía nada que escribir a nadie, ni me importa si te gusta la Bombal, ni sentía este impulso de averiarme, ni de escribir como una bruta, porque sólo una bruta bracea contra la corriente, sólo una bruta escribe en estos tiempos brutales, porque soy incapaz, tosca y necia, bruta la que cree que escribiendo vive, que escribiendo muere, bruta la que cree que un puñado de palabras sirve para algo, porque soy bruta insisto, porque soy bruta no entiendo, porque soy retardada, porque cada palabra que no pronuncian mis labios me muerden como los hocicos de cien perros... quítame estos perros, no los sueltes... arráncame las cadenas del cuello me lo rebanan, las palabras ya no me abastecen, las palabras no sirven para nada, para nada, ni siquiera dicen lo que querrían decir, las tuyas en cambio son certeras, las tuyas si van a matar, matan. Los pedazos de mí lo saben por eso te temen, por eso te desean. Me arruinan, sabes que las palabras me arruinan, me están revolviendo entera, les temo, les temo tanto como a la ausencia de palabras, el temor es inmóvil, el temor se parece al tedio, como si estuvieran unidos de la misma cabeza, ejecutan la misma telemetría, por eso cuando no escribo, leo, y cuando no leo, hablo, y cuando no hablo, sueño... no me dejes a solas con este tedio, a la deriva muda de este tedio... a la diestra y siniestra del tedio.

***

J.P. Junior



J unior se inventó el J. P. antes del Junior.
Lo sé porque dejo pasar unos meses y le vuelvo a preguntar y me dice que se llama Juan Pedro, otras, Josef Paul, o Jeremías Prudencio… J. P. dice cualquier cosa.

J. P. tiene piernas sólo hasta las rodillas. Luego lo sostienen unos maderos sin músculos, ni carnes. Ya casi no puede moverse. Por eso se pasa la mayor parte del día contándonos historias, cosas que tal vez ocurrieron pero que la memoria siempre deforma.

Cuando nosotras no lo miramos, él saca unos bastones de debajo de la mesa que tiene a su lado, cubierta con un fino mantel que nuestra madre le bordó. Nosotras sabemos que cuando J. P. quiere levantarse debemos mirar al techo, o hacia el lado, lo suficiente como para dejarlo sacar sus bastones e incorporarse con la dignidad de no ser observado en su ruina ávida de equilibrio.

J. P. no pudo jamás sobreponerse a la desgracia de haber perdido sus piernas.

El decía que las había olvidado en alguna parte. Que una mañana al levantarse, llegó hasta el baño, se cepilló los dientes y al mirarse la cara al espejo como todas las otras mañanas -esa bienvenida a la realidad de verse una arruga más, que constata la sobre vivencia de los días recientes y de esos ya tan alejados y poco probables-. Estaba meditando estas cuestiones matutinas cuando se dio cuenta que no tenía las piernas.

Así se pierden las cosas, nos dijo.
Un día, de pronto, ya no están.

Bracea, 2007. Ed. LOM

viernes, 7 de septiembre de 2007

Bracea, Lom Ediciones, 2007











Eu ñao sou eu nem sou outro.
Sou qualquier coisa de intermedio.
Pilar da ponte de tédio.
Que vai de mim para outro.

Mario de Sá-Carneiro



I



EL PERRO


El viento del trenrasgaba mi cara como una lija que bien pudiese habérmela arrancado.
No me moví ni un segundo.

Quedé paralizada frente al viento que chirriaba sobre los rieles.

El sonido de los pitazos del tren me había ensordecido tanto,
que podía escuchar el bombeo de la sangre corriendo velozmente por mis venas.
Confundiéndose con el crujido que producían las ruedas metálicas,
mientras sacaban chispas de fuego de los oxidados rieles.

Entre cada porción de vista -dónde se separaban carro y carro-
podía ver el sembradío de la modesta casa del frente. Y la vecina que me mira con horror.

Cuando el tren se alejó llevándose el ruido.

El silencio violentamente había partido al perro en dos.

***


La parte delantera de nuestro perro
me miraba como si quisiese salir corriendo de ese lugar donde el radiante sol del medio día
se le iba anocheciendo en mitad del cielo.

Una mascara de lágrimas temblaban en los ojos de nuestro perro
-como en los ojos de la Princesa Caballero- aquella valiente heroína japonesa que veíamos por la tevé.






















***


Los ojos del perro volvían esa temblorosa mirada directo a los míos,
como se devuelven aquellas cosas que jamás se ofrendaron.

Unos metros más allá.

Las patas traseras, fatalmente separadas del cuerpo,
aún rasguñaban la tierra queriendo volver a ser un perro.

Imposible.

Así, tan desmembrado por un corte perfecto.
Imposible pensar que pudiese ser posible.
Salvo por un desdedoñoso, cándido deseo, de volver a unir aquello que yace separado.

ButEl 1 se había convertido en2

Y 2 son 2

***

Su parte delantera, dio 3 saltos, 3 convulsiones, 3 estertores, 3 agonías.
Unos metros más allálas patas traseras aún obedecían con una lealtad sobrecogedora
el ritmo de las patas delanteras.

Aquel corte perfecto, no despedía una gota de sangre. Las tripas seguían latiendo sin haberse derramado un milímetro. El perro partido en dos añoraba seguir siendo uno. Y de pronto, como se marchan las cosas de esta vida, de sus ojos empezó a zarpar la angustia. Y los clavó en los míos,
con la paz que se consigue cuando ya no hay para qué desear nada, en ninguna parte.

Ni esperar que nada cambie, ni que nada se una.
Porque se cuenta con la liberadora certeza que uno es uno.
Nada más. Pero nada menos.

Encuentras éste libro en LOM:http://www.lom.cl/inicio/entrada.asp?portal=1
Derechos reservados Editorial LOM