jueves, 21 de noviembre de 2013

Recuerdos de la que una vez fui

-->

Al poeta argentino Carlos Dariel, que me hizo recordar.



La primera infancia la pasé en el Barrio de Recoleta, en Santiago. Un barrio de clase trabajadora. El patio de mi casa daba al cementerio Católico. Un cementerio gótico y oscurecido por grandes y añosos pinos de extensas y húmedas sombras. Pensaba en la muerte cuando me escabullía de mi casa al cementerio. Caminaba y me detenía leyendo las lápidas, los años de nacimiento y defunción, las vidas probables que una vez pudieron haber tenido los restos que reposaban allí y donde ahora sólo hay silencio.

No me di cuenta que me había enamorado de los cementerios hasta que regresé en mi adolescencia. De mi casa al colegio sólo bastaba cruzar el cementerio que los unía como un parque de muertos. Visité las tumbas míticas: de la novia embalsamada a la que nunca nadie ha visto, pero todos juran haber vislumbrado a través de un cristal, toda blanquecina, joven y bella aún. Esos eran los crudos años de la dictadura y las protestas estudiantiles siempre acaban en el cementerio.

Nací en Recoleta, un barrio como un pueblo, con un cine donde vi películas para mayores de 18 años, la ferretería más surtida, el salón de Pool del Tío Danilo, el zapatero, el sastre, la cordonería. En mi infancia mi madre militaba en el partido socialista. Yo, tenía 6 años y la acompañaba a las colas de un país “desabastecido”, pero mi madre iba feliz. Allende era su presidente.

En mi casa se juntaban a veces, mi madre con el carabinero jefe de la comisaria y mi viejo pascuero. Mi viejo pascuero me decía que él trabajaba con mi madre, por eso el venía sin traje pascuero para que los demás niños del barrio no se enteraran de estas visitas inoficiales.  

Nancy una joven bella y setentera, de suecos y pantalones pata de elefantes ayudaba a mi madre en la casa con -nosotros- sus cuatro hijos y el negocio de estacionamientos de autos que mi madre había instalado en el patio. 

Cuando mi madre la mandaba a comprar, iba conmigo,  nos deteníamos en la comisaría para que Nancy conversara, sonriera y se besara con un joven carabinero de guardia.  El me regaló un pastor alemán entrenado. Desde entonces no volví a andar sola. Salía con mi perro y mis lentes sin vidrios a recorrer el barrio. El perro sabía cruzar la calle mejor que nadie y a su lado, las mujeres y hombres del barrio dejaron de molestarme por mis lentes sin vidrios.

En esa época yo quería usar lentes pero el oculista dijo que tenía una vista perfecta. Y para que dejara de insistir, mi madre me regaló unos marcos sin vidrios.

Mi padre era eléctrico en la Estación Mapocho de trenes. Yo lo acompañaba para deslizarme por un lustroso desnivel y subir a los trenes y recorrerlos vacíos y detenidos sin la premura del viaje.  También era eléctrico en el Cerro Blanco donde yo jugaba a los indios con  los trabajadores. Mi viejo pascuero me había regalado un traje de indio con arco y flechas de plástico.  Mi padre de manera simbólica, un cerro donde podía lanzar mis flechas al cielo. Poco tiempo después vino el golpe militar.

El carabinero jefe de la comisaria fue sacado por otros carabineros. Mi viejo pascuero, ingenuo como solo puede serlo un viejo pascuero, creyó que el llamado a los ex militantes de izquierda que hacía la junta militar en sus bandos, era para dialogar una salida pacífica. Así es que golpeó las metálicas puertas del Estadio Nacional, hasta que le abrieron. Adentro -dice mi madre- fue torturado.

Una de esas noches de toque de queda, mi perro vio pasar unos jóvenes militares armados en un camión y al ver las armas, se arrojó a atacarlos. Estaba entrenado para defender y murió de un solo tiro en mitad de la calle Doctor Ostornol.

Nunca más volví a tener un perro, nunca más me gustaron los militares.  Y al contrario de la mayoría,  no dejé de creer en el viejo pascuero.  Todavía espero poder encontrármelo en las navidades y agradecerle que no me regalara muñecas, sino trajes de indio.